martes, 21 de mayo de 2013

Los Dedos de Birch, Mercenarios de Mariemburgo II


LOS DEDOS DE BIRCH, MERCENARIOS DE MARIEMBURGO II

Hoy continuamos con las andanzas de nuestra banda de Mordheim. Como os comenté la  semana pasada, está excelentemente pintada por una pintora de Albacete, que tiene un talento excepcional, Sonia Dardabi. El texto es mío, y no es más que un divertimento para acompañar las imágenes de las miniaturas. Ya veremos lo que da de sí. 

Una historia no contada por ningún heraldo (cont.). 

El bueno de Birch "El Rico", muy atento a la batalla inminente.

Nota aclaratoria (Bis): Siempre me ha parecido mal el trato que se le ha dado a los Estalianos (España) en WHFB. También en WHFRP. Siendo el imperio (fin S. XV, ppios. XVI) como es, es de vergüenza tal ignominia. Así que, ya que los propios escritores oficiales han renegado de su historia en una decena de ocasiones, me voy a permitir que estalianos (españoles), tileanos (italianos) e imperiales (alemanes de la época de Carlos I) se relacionen como si tuviesen estrechas relaciones, o, mejor dicho, alianzas. Así que, más que una banda de mercenarios del Mariemburgo rolero, parecen unos mercenarios de la época de los tercios, pero con hombres rata y piedra bruja. 

El aire viciado de la ciudad se entretenía jugando con el leve vestido que cubría a Galiena. La maga tardó unos segundos en concentrarse, en silencio. Únicamente su respiración, profunda y fuerte, denotaba el esfuerzo. Las miradas de Rubens y Fernández se cruzaron por un instante en el corto recorrido de un escote.
— E 'l'angolo occidentale.
— ¿Estás segura? —Inquirió el Capitán Jans sin dejar de mirar hacia el supuesto objetivo.
— Molto sicura.
— Bien. Fernández: tú y Fritz tomad posiciones ya, y aguantad hasta lo convenido. Disparad si hay algúna sorpresa, que acudiremos y os sacaremos del atolladero. Pavlov, tú y Hegel nos cubrís mientras avanzamos. Sois los más expuestos en la plaza, así que en cuanto entremos en la casa buscáis un parapeto.


El arcabucero Fritz

La casa hasta la que tenían que llegar hacía esquina, pues daba a una de las calles rectas que salían de los lados de la plaza. Tenía, en dicho ángulo, una orla dentro de la que todavía se podía atisbar un viejo escudo de armas. Como todas las de la plaza, en el piso inferior tenía columnas de fuste liso, que sostenían el piso superior formando un soportal. Este primer piso, totalmente de madera, tuvo su ventanal, alguna vez, pintado de verde. Ahora apenas se conservaban los restos de alguna ventana. Del tejado no quedaba nada, únicamente unas vigas ennegrecidas que rasgaban el cielo gris, como el costillar de un gigante.


El fantástico dúo de arcabuceros, Fritz y Fernández, protagonistas decisivos en esta historia.

Todos iban en buen orden mientras cruzaban la plaza, en unos minutos que se hacían eternos. El Capitán siempre delante, con la mirada viva, sudando el guante del escudo. El cabo Rembrandt estaba pendiente del chico, al que empujaba de vez en cuando para que mantuviese el ritmo. Rubens cubría a Galiena, que andaba decidida, martilleando sus tacones por la resonante plaza. Todo bien. De repente, el enano, cuando llegaron al centro, se quedó atrás.

— ¡¡¡¡Heeeeeeeeeeyyyy!!!!, ¡¿Habeeerrr alguien?! — "El Rata" levantó ambos brazos, hachas en mano, y giró lentamente trescientos sesenta grados, a modo de reto .
— Algún día nos van a matar a todos por culpa de este loco hijoputa, pero antes juro por Sigmar que lo degüello — masculló el Cabo Rembrandt rojo de ira —.
— ¡¡¡Hoooolaaaaa!!! ¡¡Vamos, rratas de mieeeerrrda!! — El enano empezó a levantarse el taparrabos y mostró sus generosos genitales a un público inexistente .
— ¡¡Avanzad!! — Ordenó el Capitán—.
— ¿Puedo dispararle yo? Le daría en toda la po... — Se ofrecía Sebastiano Píccolo—.
Justo en ese instante algo hizo que el mediano no completara su frase, pues una piedra lanzada con una honda, golpeó el suelo a dos metros a la izquierda del grupo. Después de esa primera, los cantos empezaron a caer como granizo sobre el grupo, y todos empezaron a correr. Pronto se oyeron las primeras detonaciones de arcabuz. El bueno de Fernández estaba haciendo su trabajo, sin decir ni mú.
Alcanzaron el soportal sin resuello. El Capitán tomó la puerta de un salto, mientras desventraba a un par de hombres rata que guardaban el quicio. 
— Coged posiciones, dentro de la casa debe haber más.
— Moriremo tutti oggi!!
— ¡Se me ha vuelto a mear encima! — El cabo Rembrandt dejó a Birch "el Rico" como un fardo al lado de la puerta noble de la casa, que estaba caída. El muchacho tenía la vista fija en el enano, y hasta parecía divertirle lo que veía. La baba le manchaba la gorguera.
El enano bailaba ahora en mitad de la plaza. Una enorme cantidad de piedras se extendían a su alrededor. Alguna le había dado. Mala suerte, nada serio. Fernández y Fritz avanzaban ahora a trabucazo limpio por las ruinas de los soportales cercanos, apoyados por Sebastiano Píccolo, que no fallaba ni un disparo. Pavlov y Hegel habían tomado posiciones flanqueando el dintel de acceso. Se habían encargado certeramente de un grupo de ratas gigantes que habían llegado hasta ellos. En el interior de la casa, la situación era totalmente distinta: La casa tenía sótano, y de él, por medio del suelo del zaguán, a través de las vigas y la madera podrida, había surgido un engendro de unos tres metros de alto. Un ogro con cara de rata, con pústulas en las pústulas, un aliento atroz, y un garrote enorme. El cabo Rembrandt acababa de quedar inconsciente de un garrotazo, tras saltarle un ojo de un tiro al monstruo.
— ¡¡Pavlov, Hegel, a mi!! — gritaba el Capitán—, ¡Hay que acabar con él antes de...

El gran Hegel,  espadero, siempre dispuesto a afrontar cualquier crisis con su mandoble. A destacar el fantástico trabajo de los metales de la armadura y la manga acuchillada.
El capitán esquivó el tronco que enarbolaba la bestia por poco. El cuerpo del monstruo asomaba ya casi completamente por el agujero, y, a modo de escalera, más ratas intentaban llegar hasta nuestros héroes. De repente, el tiempo se detuvo, y Galiena comenzó a lanzar una plegaria arcana. El aire pareció rilear y chispear por un instante a su alrededor, y, de súbito, toda la habitación estalló en llamas.
— ¡¿Habéis visto?! ¡Ha reventado! — Chillaba Galiena eufórica en perfecto idioma del Imperio, medio desnuda, con su gaseoso vestido hecho carbonilla —, ¡Y lo he matado yo! ¡Ya veréis cuando cuente esto en el colegio imperial!
Rubens, arrebatado, trabajaba como una máquina implacable, machacando a diestro y siniestro ratas, hombres rata, todo lo que se pareciera a un roedor. De su melena salía un extraño humo, y ya no parecía tan blanca ni tan canosa como antes. El agujero estaba siendo despejado rápidamente, pues ambos soldados acompañaban al sargento en  la matanza ratuna.


El gran Pavlov. El contraste de colores hace que esta gran figura de Warcrow todavía destaque más sobre los tableros de juego.

— ¿Todos bien? — Preguntó el Capitán, mientras se arrancaba los restos de la pluma chamuscada del sombrero.
— Che sono la migliore maga in tutto il mondo. ¿A qué sí?
— Gottlob! — Espetó el Sargento Rubens— Rembrandt está bien, un poco atontado, pero vive.
El cabo Rembrandt se incorporó poco a poco, lastimeramente, y por primera vez en horas, se hizo el silencio. 
— Agh... Ahora a buscar la piedra bruja, canallas... — Susurró el Cabo— . Y todos rieron.
Fritz y Fernández regresaron, y ayudaron a buscar por el interior de la casa, intercambiándose, pues se turnaban con Píccolo para hacer guardia en el exterior.
Y así pasaron gran parte del día, hasta que descubrieron un saco de ese fantástico material por el que se jugaban la vida. Contaron unas ocho piedras, de buen tamaño, más que suficiente para vivir acomodadamente un año. Eso más la gratificación por devolver de una pieza al inútil de Birch. Daría para comprar nuevos vestidos, arreglar alguna que otra pieza de armadura, comprar pólvora y alguna que otra fiesta en aquella casa de...
— Shiquillo, vié er nano corriendo como un dimonio por la plasa.
— ¿Qué ha dicho Fernández? — Inquirió Rubens, que todavía se la guardaba — .
— Ha dicho que vuelve el enano — explicó Jans en tono condescendiente — . Seguro que viene a darnos explicaciones de sus hazañas.
— E dei suoi genitali.
— Va diciendo algo pero no le entiendo bien — Parece que viene herido— .
Y lo que iba diciendo el enano, lívido como una mortaja, herido por una garra en el pecho, y ensangrentado, era:
— ¡¡¡STRIGOI!!!

El gran magnate, cuyos dedos se extienden hasta Mordheim desde Mariemburgo. Como buen inversor, no se mancha las manos, pero recoge el beneficio. 

Nada más por hoy. En próximas entregas os iremos mostrando otras bandas de Mordheim que tenemos. Seguro que alguno ya se hace una idea de cual es la siguiente. Veremos también qué le pasa a nuestros héroes. 
Arrivederci!!

No hay comentarios:

Publicar un comentario